Etcétera
Estoy hecha de retazos recordados y otros reprimidos. Soy un poco el chicle bazooka sabor naranja en el río, risas, árboles, remeras mojadas. Otro tanto de nuestro conejo Poppi que mordía los cables y que tuvo un final que durante años fue dicho una huida y resultó ser una muerte prematura oculta. Soy también el empapelado de nubes de mi habitación que me acompañaba noches de desvelo. Esa sensación de entrar en puntas de pie a la habitación de mis papás a la noche para buscar cobijo después de una pesadilla. El patio enorme lleno de árboles de mi escuela y como se fue haciendo pequeño a medida que avanzaban los grados. Soy mi mamá anotando los cinco centavos que nos daba para el boleto escolar en una libreta, esperando que dejáramos sobras para comer algo. Soy mi papa a la noche trayéndonos coca cola a escondidas de mama y haciéndonos cosquillitas. Soy un poco la ciudad desde la habitación de mi hermano esa noche que papá y mamá nos contaron que ya no seguirían juntos pero que no iban a dejar de amarnos. También soy las tardes que pasé tirada en el pasto del club convencida de que iba a encontrar una aldea de pitufos. Ese día que mi papá pasó pensando en vaya a saber que cosas que piensan los adultos y con una pisada aplastó todos los bichitos bolita que yo venia domesticando hacia horas. Soy todas esas excursiones a la librería apenas llegábamos a la playa para comprar libros para las vacaciones. Soy la que se miraba al espejo a los doce años con un metrosetenta pidiendo por favor a alguna deidad no seguir creciendo. Soy mis medias de puntilla blancas que elegí cuando tenía seis en la vidriera de una mercería. También soy la que lloro una noche entera cuando nos fuimos de vacaciones y dejamos a mi gata en la casa del encargado que olía siempre a cigarrillo, mientras la escuchaba maullar desde el quinto piso. Soy el tocadiscos de mi papá y Kenny G a todo volumen y esos sorbitos de whisky que nos quemaba la garganta que nos daba su amigo a escondidas. Soy un poco el patio de la planta baja de nuestro departamento donde enterramos los pollitos que adoptamos en una feria de mascotas y no vivieron más que unas horas. Soy también esa vez que el chico que me gustaba se río en mi cara diciendo que tenía bigotes. El día que ese chico de la barra de un salto salió de su puesto de trabajo, me agarro la mano y me llevó a la terraza del boliche y me dio mi primer beso. Soy un poco esa que comio unos brownies con dos amigas y vio luces de colores en el Odeon. Soy también la que se enamoraba cada noche y se desenamoraba cada mañana. Soy la que tuvo muchas veces el corazón roto y otras tantas cerrado. Soy la que soñaba con tener hijos mucho antes de conocer a quien seria el padre. Soy la que nunca soñó con casarse pero un día miró al hombre que amaba y sintió que había que celebrarlo y se puso un anillo. Soy la que pujo tres veces antes de conocer y abrazar a su primer hijo. Soy la que tenía miedo de tener un segundo hijo porque no se creía capaz de amar tanto a alguien más. Y soy también la que fue capaz de hacerlo porque el amor se expande. Soy la que aún llora a su compañero felino que la acompaño 18 años y la misma que a los pocos meses adopto a otro porque le faltaba un gatito a los pies de la cama.
En ocasiones, tantas versiones de mi misma conviviendo bajo la misma piel, puede volverse un tanto caótico. Pero lo cierto es que el resto del tiempo este crisol de retazos me hacen ser exacto quien soy. Agustina, Agus, la negra, la flaca, amiga, Bu, apus, mamá, mami, ma, etcétera. Sobre todo etcétera.
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